En el segundo aniversario de su victoria electoral, la presidenta cambió el informe de gobierno por un mitin nacionalista que dejó más preguntas que respuestas


Claudia Sheinbaum decidió celebrar dos años en el poder no con un balance serio de su gobierno, sino con un espectáculo político en el Monumento a la Revolución que, más que demostrar fortaleza, evidenció nerviosismo. La presidenta, en un tono que nunca se le había visto, escogió el camino del enfrentamiento con Estados Unidos justo cuando México menos puede permitírselo.

El pretexto fue el «caso Rocha Moya»: la solicitud urgente de Washington para extraditar al gobernador de Sinaloa por presuntos vínculos con el Cartel. En lugar de tomar distancia de un aliado políticamente tóxico o exigir transparencia interna, Sheinbaum optó por lo más fácil y lo más peligroso: convertirlo en un agravio a la soberanía nacional.

«¿Acaso pretenden influir en las elecciones de 2027?», preguntó desde el estrado. Una pregunta que suena valiente frente a una multitud movilizada por estructuras del partido, pero que en Los Pinos —perdón, en Palacio Nacional— probablemente nadie quiere que Trump responda en serio.

Porque hay que decirlo: retar a la administración estadounidense con retórica incendiaria cuando el TLC está sobre la mesa, cuando la inversión extranjera es el principal argumento económico de su gobierno y cuando el narco sigue siendo el problema número uno del país, no es soberanía. Es distracción.

«México no es piñata de nadie», dijo Sheinbaum. Frase efectiva. Aplauso garantizado. Pero la pregunta real es otra: ¿es México capaz de protegerse solo si la relación con su principal socio comercial se rompe? La respuesta, que nadie en el templete se atrevió a hacer, es no.

Mientras tanto, los verdaderos problemas del informe quedaron enterrados bajo la retórica nacionalista. Los logros que presumió —670,000 empleos, 2.5% de desempleo, «rescate» de Pemex— suenan mejor en un mitin que bajo el escrutinio de los datos reales. Y los desafíos que no mencionó —la crisis de seguridad, las grietas internas de Morena, la CNTE instalada en el Zócalo— siguen ahí, inconvenientes y reales.

Al final, la gran pregunta que dejó esta jornada no es si Estados Unidos quiere influir en las elecciones mexicanas. La gran pregunta es si Sheinbaum tomó la mejor decisión al convertir un acto de gobierno en un duelo de ego con Trump, un hombre que, hay que reconocerlo, ese juego lo lleva ganando desde 2016.

México no es piñata, tiene razón. Pero tampoco debería ser fichas en un tablero de póker que nadie sabe si se puede pagar.

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